En Navalcán, una calle lleva un extraño nombre: calle Inge Morath.
Inge Morath, una de las mejores fotógrafas de la historia.
«La dama de la fotografía», la llamaban.
Visitó Navalcán en 1954 y casi nadie reparó en ella.
¿Qué pinta una calle con su nombre en un pueblo de apenas 2.000 habitantes?

Esta es la historia del idilio entre una artista de talla mundial y este pequeño municipio de la provincia de Toledo.

Inge Morath, 1958. Autorretrato.

Ingeborg Morath nació en 1923 en Graz (Austria). En sus comienzos, estudió idiomas en Berlín –hablaba 9 idiomas–, trabajó como traductora, editora y reportera de prensa. Aunque su legado más reconocido sea el fotográfico, Morath nunca dejó de escribir diarios, cartas y ensayos durante el resto de su vida.

Con apenas 25 años entabló amistad con el fotógrafo Ernst Haas y escribió textos para sus fotos. Robert Capa los invitó a París para que entraran a formar parte del proyecto que acababa de fundar: la agencia Magnum. Nada más y nada menos. Al principio, ofició de editora. A partir de 1955, después de trabajar como ayudante de Henri Cartier-Bresson durante algunos años, Morath entró definitivamente como fotógrafa de la agencia: empiezan entonces a aparecer sus reportajes en Life, Vogue, Paris-Match y tantas otras publicaciones de prestigio.

Precisamente con Cartier-Bresson, viaja a España en 1952. «Me enamoré de España, allí viví una segunda adolescencia», decía Morath. Tanto es así que en 1954 regresa a nuestro país para recorrer, entre otros lugares, los pueblos de Castilla.

Inge Morath, 1955. Provincia de Toledo (Maqueda).

Y llega a Toledo.

Y aquí, buscando los famosos bordados, viaja a Navalcán. Morath escribe estas palabras: «En días normales, mujeres y niñas se sientan junto a los portales a bordar incansablemente manteles y servilletas de lino con los intrincados y hermosos diseños de la región. Estos son luego llevados por sus maridos a Madrid, donde tratan de venderlos de puerta en puerta».

Casualmente, en aquellos días todo el pueblo está implicado en la preparación de una boda. La fotógrafa es invitada a quedarse a la fiesta. Inmortaliza los preparativos de la víspera y del día de la boda.

Y después se va.

Lejos de España, Morath había hecho amistad con el director de cine John Huston, de cuya mano trabajó como fotógrafa de cine. Este camino la llevaría a la filmación de Vidas rebeldes (1962) con tres estrellas rutilantes: Marilyn Monroe, Clark Gable y Montgomery Clift. En ese rodaje Inge conocería a su futuro marido: el dramaturgo Arthur Miller, guionista de la película, premio Nobel y, por aquel entonces,… marido de Marilyn.

Inge Morath, Arthur Miller, Navalcán. Comienza a cerrarse el círculo.

40 años después

Para completar la historia debemos saltar 40 años en el tiempo, cuando la casualidad quiso que el arquitecto municipal de Navalcán, Francisco García Herguedas, descubriera en una exposición las fotos que Inge Morath realizó en 1954. En colaboración con la familia Cuevas, natural de este pueblo e instalada en Estados Unidos, consigue localizar a Inge Morath y, en julio de 1997, se realiza en Madrid la primera exposición de aquellas fotografías. Se exponen cerca de 50 fotografías, la mayor parte de ellas dedicadas a los preparativos de la boda y su celebración. Es entonces cuando tiene lugar el reencuentro de la fotógrafa y de los navalqueños: los novios de antaño, ya abuelos; la moza-madrina, también abuela; y aquellos niños hambrientos, ya adultos.

El Ayuntamiento de Navalcán invita entonces al matrimonio a visitar el pueblo.

La visita del matrimonio Morath-Miller tiene lugar el 4 de octubre de 1998, acompañados por su amigo Derek Walcott (también premio Nobel). El encuentro deja una huella ya imborrable en la vida de sus protagonistas.

En palabras de Arthur Miller

Así lo contó Arthur Miller –quién mejor para hacerlo– en su discurso de agradecimiento al premio Príncipe de Asturias:

«Nuestra vivencia española llegó a su punto culminante hace aproximadamente año y medio cuando la acompañé en una visita al pueblo de Navalcán. Había en aquel momento una exposición de sus fotografías en Madrid, entre ellas, una serie que había sacado en los años cincuenta, en un pueblo entonces remoto y apenas visitado. Ahora, cincuenta años más tarde, había llegado a Navalcán la noticia de que el pueblo había adquirido cierta fama. Un autocar lleno de gente fue a Madrid para ver por sí misma el aspecto que tenían hace tanto tiempo. Estaba en la galería, gente ya de mediana edad, supervivientes observándose, jóvenes y lozanos, en sus cumpleaños, bodas, sus campos y sus casas, rodeados de amigos, ya ancianos o fallecidos. Volvieron a Navalcán e hicieron llegar a Inge una invitación, insistiéndole para que volviera a visitarlo. Viajamos con nuestro amigo Derek Walcott, poeta laureado con el Nobel y un hombre de mundo con experiencia. Seguramente había salido a la calle más de un millar de personas para saludar a Inge y celebrar su vuelta. La policía y los bomberos enviaron a sus representantes y se sirvió una comida en el ayuntamiento para sesenta personas. Walcott nos acompañaba en medio de la muchedumbre, que no cesaba de regalar a Inge ramilletes de flores, de ofrecerle con insistencia vasos de vino y bebés para besar, a la vez que recordaban a veces su visita de hace medio siglo. Ella no había hecho más que apreciarlos en un momento dado, y había otorgado un reconocimiento y un recuerdo público a sus vidas sencillas. El cariño de sus caras era palpable. Por casualidad miré hacia Walcott y vi lágrimas en sus ojos. “En mi vida he visto algo tan bonito”, dijo. El momento culminante de la visita fue la presentación a Inge por parte del alcalde de una nueva placa que decía “Calle Inge Morath”. Iban a cambiar el nombre de una calle en su honor.»

Inge Morath falleció en 2002. Miller, tres años más tarde.
Quedan para el recuerdo, además del nombre de una calle, fotografías que describen no sólo un pueblo y unas costumbres, sino también un país y una época.

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