-¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.
-Aquellos que allí ves –respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
Mire vuestra merced –respondió Sancho- que aquellos que allí se aparecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.


Gracias –en gran medida– al capítulo VIII de la primera parte del Quijote, el molino de viento es la imagen que más se identifica con nuestra región; la estampa de un cerro coronado por uno o varios de ellos es un cuadro indisolublemente asociado a nuestra tierra. Y así es en cualquier parte del planeta. Así que gracias, don Miguel.

Los molinos asombran, hoy, por antiguos. Pero en el siglo XVI asombraban por lo contrario. ¿Por qué Cervantes recurrió a ellos como protagonistas del más famoso capítulo de la novela? Porque, hace cuatrocientos años, eran máquinas modernas, impactantes, de dimensiones colosales, estructuras gigantescas: doce metros de altura y aspas de ocho metros y medio. Ingeniería costosa y de última generación.

En la actualidad, solo nueve molinos de La Mancha conservan su maquinaria original: cinco en la provincia de Toledo (dos en Consuegra, uno en Madridejos, uno en El Romeral y otro en Camuñas); tres en Campo de Criptana (Ciudad Real) y uno en Mota del Cuervo (Cuenca). Casi todos estos molinos se ponen en funcionamiento para realizar moliendas al menos una vez al año.

Molino de viento de El Romera
El Romeral

Los de Consuegra, por ejemplo, son hoy un hito y un gran reclamo turístico de nuestro país. Pero no fue la de atraer turistas su función originaria, nada más lejos. Desde los primeros tiempos el hombre ha utilizado dos piedras para, frotando una sobre otra, moler granos. También ha buscado fuentes de energía para realizar las tareas. Pronto aprendió a sacarle partido a la fuerza del agua. Pero ¿y en los sitios sin agua? ¿qué otra fuente de energía sirve en el clima seco y ventoso del interior de la península? Se discute sobre el origen del molino de viento manchego… Pero, fuera como fuese, se sabe que, en el siglo XVI, La Mancha sufrió una época de sequía y estos molinos se construyeron en gran número para moler el grano: en el momento de máximo esplendor, durante los siglos XVII y XVIII, llegó a haber más de 500 molinos.

Consuegra

En nuestra provincia, algunos de estos molinos están a simple vista y son de sobra conocidos. Otros no tanto. Muchos están en la Mancha, otros no. Como hemos dicho, los molinos de Consuegra son parada obligada. Sobre el cerro Calderico, 12 molinos –y el castillo, de los mejor conservados de la región– dominan el paisaje. En El Romeral encontramos 4 molinos: uno de ellos, «el Pechuga», aún conserva su maquinaria intacta. En Madridejos, de los 3 originales, aún se conserva en pie el molino del “Tío Genaro”, uno de los más antiguos de La Mancha. En Los Yébenes, Ventas con Peña Aguilera, Camuñas, Tembleque, Urda… encontramos otros ejemplo, casi todos ellos reconstruidos.

La construcción de un molino era totalmente artesanal y una tarea extremadamente ardua: las enormes vigas, el vigoroso palo de gobierno, el colosal eje, las pesadas muelas eran izadas y colocadas utilizando con ingenio poleas, garruchas y maromas.

El molino manchego es una torre cilíndrica de mampostería, de unos veinte metros de altura, rematada por una cubierta cónica –de paja, primero, de madera después–, movible, sujeta al suelo por un largo palo llamado timón o gobernador, con el que se gira la techumbre orientándola hacia el lugar de donde proceda el  viento. Por una especie de tronera asoma el eje al que se sujetan cuatro aspas de álamo, encina o roble.

En el interior tiene tres plantas: silo, zona de la que parte la escalera de caracol por la que se accede al resto de plantas y donde se dejaban las mulas; camareta, una estancia media donde se limpia el grano y donde se guardan los lienzos de las aspas, los utensilios de molienda, etc; y por último el moledero, donde se encuentran las piedras de molienda y toda la maquinaria, apoyadas en una fuerte estructura que las sujeta y que se llama bancada; tiene ocho ventanillos –en algunos lugares doce– por donde entraba el viento. Los diferentes pisos están unidos por una escalera, amplia y sólida.

El viento mueve las aspas; éstas mueven a su vez los engranajes, provocando el giro de la piedra, que aplasta el grano, que cae, convertido en harina, por un tubo, hasta llegar al piso de abajo, desembocando en el costal.

En el siglo XIX, con la llegada de las primeras fábricas de harina y la producción industrial, los molinos ya eran más testimoniales y dejaron de utilizarse salvo, por ejemplo, para moler piensos de animales.

¡Buen viaje y buena suerte!

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