La víspera del Corpus en Lagartera pocos son los vecinos que pegan ojo. Durante ese día, incluso de madrugada, se afanan en dar los últimos retoques para poner a punto uno de los peculiares y coloristas elementos que han colocado esta fiesta en un lugar destacado: los altares. Son decenas las “casapuertas” engalanadas en las que levantan estos altares. Ricamente decorados con las mejoras colchas, delanteras, frontales, pañuelos, reposteros y todo tipo de tejidos de cada casa que una vez al año sale de los baúles mostrando el arte lagarterano más apreciado.

Estos altares son bendecidos al paso de la custodia y en ellos destacan los “Niños”, auténticas joyas, vestidos, como no podía ser de otra manera, con sus pequeños trajes bordados.

Pero no es el único elemento original de la celebración del Corpus en este pueblo que dibuja su perfil con el impresionante fondo de la Sierra de Gredos. La procesión, que recorre las mismas calles y plazas desde 1590, es una de las más bellas y singulares que se pueden presenciar en toda España. Cargada de devoción y tradición, destaca, sobre todo, por el color y sabor rural y por la intensa presencia de la peculiar artesanía lagarterana, sobre todo de sus afamados bordados.

La localidad se prepara con mucho esmero para esta celebración. Hinojo, menta, hierbabuena y albahaca tapizan calles y plazas e impregnan el ambiente con sus aromas. Cargada de tipismo costumbrista, el eje central de la procesión que recorre las engalanadas calles es la custodia de plata dorada y en forma de sol que lleva en sus manos el párroco bajo el palio que porta, desde 1662, la Corporación Municipal.

El silencio solo se rompe con los cantos litúrgicos que componen una bella postal enriquecida por el colorido de los vecinos que acompañan a la custodia, y que van ataviados con los ricos y típicos trajes de lagarteranos. No olvidemos que las labores y bordados de Lagartera son una de las artesanías más espectaculares y vistosas de toda Castilla-La Mancha.

Junto a la del Santísimo Sacramento, otras cofradías lugareñas se sumaban a esta del Corpus en su gran procesión: la de San Bartolomé, con sus cofrades petulantes engolados, soberbios, silíceos, que se creían solo ellos, los herederos de los mozárabes cordobeses aquí exiliados; los del Rosario, que desde la segunda década del siglo XVII presumían de su boato de ceras y estandartes, y también de corridas de toros, por el empuje económico que dieron a su instituto los Condes de Oropesa; los de la Veracruz; los de San Fabián y San Sebastián; los de las Ánima; los de San Román Nonnato; y los del Hospital del Salvador.

El viajero no debe perder de vista los ricos fogones de Lagartera y tampoco dejar de apreciar la variada y rica artesanía que sale de los pocos talleres que todavía se mantienen en activo. A lo que hay que añadir un entorno natural de gran belleza que se extiende entre dehesas por la comarca natural de Oropesa.

¡Buen viaje y buena suerte!

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