Salvado por el amor. Cuenta el escritor escocés Walter Scott –sir, para más señas- que el general napoleónico Dupont, enternecido por el amor de don Quijote hacia la simpar Dulcinea, decidió no bombardear El Toboso durante la invasión francesa. Habrá que agradecerle al francés la delicadeza que permite al viajero poder recorrer hoy las calles de esta imprescindible villa manchega.

Un pueblo impregnado por las esencias quijotescas. La Patria de Dulcinea. La cuna del amor. El Toboso, un nombre “músico y peregrino y significativo” para el Caballero de la Triste Figura. De esta villa era la joven Aldonza Lorenzo, Dulcinea del Toboso. Es aquí donde “Media noche era por filo, poco más o menos, cuando Don Quijote y Sancho dejaron el monte (…) y entraron en El Toboso (…) Era la noche entreclara (…) Y vio una gran torre (…) Con la Iglesia hemos dado Sancho…”. Los suspiros, dedicatorias, afanes y mensajes de don Quijote a su amada tienen como destino este bello rincón toledano.

El cuidado caserío es una invitación al viajero para dejar volar su imaginación. El paseo nos conduce por callejas y plazas típicamente manchegas. Las casas bajas de muros encalados se tiñen de un blanco luminoso que contrasta con la piedra rojiza de las construcciones más monumentales, y con los cielos azules y limpios de la comarca de La Mancha.

El viajero se topará en su paseo con la rotunda presencia de la Iglesia de San Antonio Abad; con el Convento de Trinitarias Recoletas (siglo XVII), sencillo y austero, con sus dos torreones, la iglesia barroca y el claustro herreriano, que alberga un coqueto museo con una valiosa colección de pinturas e imaginería de la escuela española del siglo XVII, orfebrería o bordados en oro; también con el Convento de las Clarisas, en el que se elaboran las pelusas y los famosos caprichos de Dulcinea, excelentes y típicos dulces de la villa. Hasta cuatro ermitas se reparten por el municipio destacando en las afueras, sobre un cerro, la dedicada a Santa Ana.

Sin desmerecer todo lo anterior, el viajero que se adentra en El Toboso tiene todavía mucho por descubrir. Sin duda, una de las joyas de la corona es la Casa de Dulcinea. Reproducción de un típico caserón de labranza (seguramente de labriegos acomodados), la tradición cuenta perteneció a Ana María Martínez Zarco de Morales, quien inspiró a Cervantes en la construcción literaria de su Dulcinea. Su interior alberga un museo de útiles de valor etnológico y de uso cotidiano en la vida manchega de la época del genial escritor. Muy recomendable detenerse en el palomar de adobe, en la bodega, la almazara y la gran prensa de aceite instalada en el corral.

Frente al Ayuntamiento, un gran caserón de piedra rojiza alberga el Museo Cervantino que ofrece al visitante ediciones de todo tipo de El Quijote publicadas en todas las lenguas imaginables: esperanto, latín macarrónico, árabe, hebreo, chino, ruso, islandés, coreano… hasta completar una colección de más de 700 ejemplares muchos de ellos dedicados por políticos e intelectuales de todos los rincones del planeta.

La “trilogía” quijotesca de El Toboso se completa con la visita al Museo del Humor Gráfico Dulcinea que encierra obras de los mejores humoristas gráficos españoles cedidas por el dibujante José L. Martín Mena. Encontraremos obras de Mingote, Peridis, Mendi, Chumy Chúmez, Almarza, Alfredo, Ballesta o Madrigal.

 

El Ayuntamiento se lo pone fácil al que no quiera adentrarse por su cuenta en el callejero toboseño y ha puesto en marcha una serie de rutas con el fin de orientar al viajero: la ruta monumental, la literaria, la de los pozos y la nocturna ayudan a conocer y comprender un poco mejor este rincón inolvidable de la geografía manchega. Cualquier de ellas tendrá un fantástico colofón en la tranquila y evocadora Glorieta García Sanchiz.

Si la animación y la cultura son su fuerte, al viajero le conviene visitar El Toboso durante la celebración de las Jornadas de Cervantinas.

No olvide saciar el paladar y el estómago, y descansar en alguno de los apacibles y cuidados hospedajes de la zona. Los fogones de El Toboso ofrecen el recetario manchego y cervantino en todo su esplendor. Aquí el arte de guisar es ingenio. Sabores integrados a partir de humildes materias primas que ofrecen una carta donde no faltan el pisto manchego, el tiznao, los duelos y quebrantos, las gachas, las migas, la caldereta de cordero o los dulces típicos como las pelusas, las flores y los caprichos de Dulcinea. Sin olvidar sus quesos y vinos (no olvide el viajero que se encuentra en La Mancha, el primer productor de caldos del país).

El viajero debe perderse en las calles de El Toboso, respirar el aire fresco de la noche, disfrutar del profundo silencio de este pueblo manchego, y así entender por qué, como escribiera Benito Pérez Galdós, es este rincón de la provincia de Toledo “uno de los lugares más evocadores del mundo quijotesco”.

¡Buen viaje y buena suerte!

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